Quitarse los pañales emocionales
- Leslie Villatoro

- 13 jun
- 6 min de lectura
Sobre desmitificar a los padres, soltar lo que nunca va a llegar y empezar a construir quién soy a partir de ahí.
Hubo un momento en esa sesión en que algo se acomodó.
No fue una frase espectacular ni una revelación de esas que parecen sacadas de un libro.
Fue algo más callado pero muy profundo: la sensación de ver a una persona dejar de pelear con una imagen y empezar a mirar a alguien real.
Quiero escribir sobre eso, porque creo que es uno de los movimientos más importantes —y más incómodos— de la vida adulta. Y porque lo veo, de una forma u otra, en casi todas las personas con las que trabajo.
El traje de superhéroe

Cuando somos niños necesitamos creer que mamá y papá son todopoderosos. No es ingenuidad: es supervivencia.
Un bebé en brazos de su madre, en medio de una tormenta, rodeado de ruido y de coches que pasan, se siente seguro. Pon a ese mismo bebé en una cuna impecable, en una habitación perfecta, pero sin ella, y se siente en peligro. El niño no necesita las condiciones perfectas. Necesita sentir que quien lo sostiene puede con todo.
Esa es una relación vertical, y tiene que serlo. El niño mira hacia arriba porque su vida depende de que arriba haya alguien capaz de protegerlo. Le ponemos a mamá y a papá un traje de superhéroe, no por capricho, sino porque sin esa certeza no se podría sobrevivir.
El problema no es que les pongamos el traje. El problema es lo que pasa después.
Cuando el traje ya no cierra
Creces.
Empiezas a observar.
Y claro que descubres que mamá no era perfecta, que papá no era pefecto, que se cansaba, que se equivocaba, que a veces no podía, que a veces incluso no quería.
Y aquí viene la trampa: en lugar de soltar la expectativa, intentas volver a meterla/lo en el molde de la perfección. Sigues exigiéndole al ser humano que tienes enfrente que sea la figura todopoderosa que necesitabas a los tres años: ¿porque no me das?, ¿porque me exiges?, ¿porque no cumples con esto?.
Y no embona, simplemente por qué No puede embonar.
La vida te está empujando hacia otro tipo de relación: una horizontal.
No significa que mamá deje de ser tu mamá, ni que papá deje de ser tu papá, siguen teniendo su lugar, su jerarquía, su historia. Más bien significa que por fin estas en una edad en la que la vida, tu historia y los aprendezajes a través de ella te permiten tener otra mirada, de adulto a adulto.
Mirar a mamá como una mujer con su propia vida, a papá como un hombre con su propia historia, que pudieron aportarte muchas cosas y recursos, y tambien con sus carencias no pudieron aportarte otras.
Y desde ese movimiento puede emerger algo hermoso: la compasión.
Porque cuando dejas de exigirle que sea perfecta/o, puedes empezar a verla/o tal cual es. Y empezar a aceptar a tu madre o a tu padre tal y como son (fueron) es el comienzo de lo que puede ser una adultez emocional sana.
Para pensar: ¿En qué parte de mi vida sigo esperando que mi padre o mi madre sea quien ha demostrado ya que no puede ser? ¿Qué cambiaría en mi vida si lo mirara como a una persona y no como a una función?
El primer trago amargo

Hay una frase que repito mucho: " y nos quitamos los pañales emocionales."
Quitárselos significa dejar de ser el niño que espera, que se queja, que aún pide, para convertirse en el adulto que se permite ver a su madre como una mujer, y a su padre como un hombre comun y corriente. Sabiendo que hay cosas que dieron, y cosas que nunca va a poder dar.
Y aquí está el trago amargo, el que casi nadie quiere pasar: no es solo que no me lo dio.
Es que no me lo va a dar nunca.
Eso duele. Duele de verdad. Pero también libera.
Porque mientras esperas, inviertes una cantidad enorme de energía en pedir, en reclamar, en quejarte, en quedarte rondando una herida con la esperanza de que esta vez sí.
Una persona puede pasar la vida entera esperando algo que jamás va a llegar.
Y esa espera se come el presente.
Renunciar a que mamá o papá te den esto que tanto tiempo has esperado, no es resignarse.
Ojo con esto, porque es una distinción fina y muy importante:
• Resignarse dice: no lo merezco, así que me callo.
• Rendirse dice: claro que merezco amor, reconocimiento, seguridad, confianza. Y precisamente porque lo merezco, dejo de pedírselo a quien no me lo puede dar.
Para pensar: ¿Qué he estado esperando recibir de alguien que ya demostró que no puede dármelo? ¿Cuánta de mi energía vive todavía en esa espera?
La identidad que se construyó alrededor de una herida

Aquí es donde el trabajo nos demanda mayor profundidad, porque no se trata solo de soltar la expectativa de "la mamá ideal" o "del papá ideal" .
Se trata de revisar quién creí que era yo a partir de lo que mamá/papá pudo o no pudo darme.
Solemos construir el “yo soy” sobre las etiquetas que nos ponen nuestros padres o incluso nuestros cuidadores a través de nuestra infancia —o lo que interpretamos de eso— .
Y el niño no tiene la capacidad intelectual suficiante, que no es capaz de reflexionar y cuestionarse (porque su cerebro no está desarrollado aún), se cree todo eso.
A veces nadie lo dijo en voz alta, pero el niño concluye solo: como no me dieron esto, seguro no lo merezco. Seguro no soy tan bueno como mi hermano. Seguro no soy lo suficientemente valioso, bueno, inteligente, ayudador, lindo, etc
Esa interpretación no es la verdad.
Es una historia que se armó un niño para explicarse algo que no entendía.
Pero esa historia, sin darnos cuenta termina sosteniendo una identidad entera.
Por eso desmitificar a los padres no es un ejercicio de rencor ni de echar culpas.
Es ir desarmando las carencias que construyeron una identidad que no es la verdadera, para poder preguntarte —ahora sí, como adulto— quién sí eres, qué sí mereces, qué sí necesitas, y qué cambios estructurales tienes que hacer para que ese nuevo tú sea real.
El verdadero duelo no es por la imagen de esa mamá o papá ideal. Es de la identidad creada a través de esas carencias o necesidades insatisfechas.
Y aquí llego a lo que para mí es el corazón de todo esto.
La pregunta que aparece, casi siempre, debajo de las demás:
¿Quien soy entonces ahora desde mi adulto?
si dejo de sostener a mama....
si dejo de demistrar mi valor autoexigiendome....
si dejo de esforzarme tanto para que me miren...
si dejo de ser complaciente para que me acepten...
si dejo de ser el/la fuerte para fingir no necesitarlos...
etc...etc...etc..
Ese es el duelo de verdad.
No es solo aceptar que mamá o papá no va a cambiar.
Es descubrir quién eres cuando ya no tienes que ocupar un personaje (creado desde una herida, una carenica, un dolor) que has sostenido durante años, a veces durante décadas.
Eso da vértigo.
Porque muchas veces la identidad se construyó alrededor de una función:
• El/la responsable.
• El/la que resuelve, o simepre es fuerte.
• El/la que administra, controla, no confía.
• El/la que media, complace.
• El/la que sostiene a todos.
• El/la que salva o protee.
Ahí empieza la verdadera reconstrucción.
Para pensar: ¿Qué parte de mi identidad se sostiene sobre esa herida?
Si llegaste hasta aquí, probablemente alguna de estas preguntas se quedó haciendo ruido.
No es casualidad, y no hace falta resolverla hoy. Pero hay procesos que cuesta mucho atravesar en soledad: no porque no tengamos la inteligencia para entenderlos —de hecho, a veces la entendemos de sobra—, sino porque desmitificar a un padre, soltar un rol que sostuvimos durante décadas o desarmar la identidad que construimos sobre una herida son movimientos que el cuerpo no hace solo. Necesitan otra presencia, una mirada que sostenga mientras uno se atreve a mirar. Eso es, para mí, lo que hace el acompañamiento terapéutico: no darte respuestas, sino caminar contigo el tramo que da vértigo recorrer solo.
En mis sesiones trabajamos justo ahí, en ese cruce donde lo emocional se vuelve sistémico —porque ninguno de nosotros se construyó en el vacío, sino dentro de una familia, una historia y un linaje— y donde, tarde o temprano, lo sistémico se vuelve existencial: quién soy, qué vine a vivir, qué quiero construir con el tiempo que me queda.
Si algo de esto resonó y sientes que es tiempo de mirarlo de cerca, me encantaría acompañarte. Escríbeme y conversemos sobre cómo empezar.
Con Cariño,







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