La historia que te tocó vivir no es una sentencia
- Leslie Villatoro

- hace 3 días
- 4 min de lectura
Hay una pregunta que aparece con frecuencia en mis pacientes cuando estan en terapia:
“¿Por qué me tocó esta madre?”
“¿Por qué crecí en esta familia?”
“¿Por qué fui la hija ignorada?”
“¿Por qué tuve que vivir esto?”
Son preguntas humanas.

Cuando miramos hacia atrás y observamos nuestra historia, es normal sentir dolor por aquello que no recibimos.
El amor que faltó.
La atención que necesitábamos.
Las palabras que nunca llegaron.
La sensación de haber sido vistos, elegidos o importantes para alguien.
Pero existe otra pregunta que puede abrir una puerta completamente distinta:
¿Y si la pregunta no fuera por qué me pasó, sino para qué puedo usarlo?
No se trata de justificar el sufrimiento.
No se trata de decir que estuvo bien.
No se trata de negar el impacto que tuvo en nosotros.
Se trata de reconocer que, aunque no elegimos lo que nos sucedió, sí podemos elegir el significado que tendrá en nuestra vida.
El trauma no siempre llega haciendo ruido

Cuando pensamos en trauma solemos imaginar eventos dramáticos: violencia, abandono, accidentes o situaciones extremas.
Sin embargo, varios especialistas han hablado de diferentes niveles de trauma.
El médico y terapeuta Gabor Maté explica que el trauma no es necesariamente lo que nos ocurrió, sino lo que ocurrió dentro de nosotros como consecuencia de aquello que vivimos.
Por otro lado, autores como Peter Levine han mostrado cómo experiencias aparentemente pequeñas pueden dejar huellas profundas cuando nuestro sistema nervioso no logra procesarlas adecuadamente.
A veces el trauma no entra a nuestra vida con un portazo.
A veces entra silenciosamente.
No porque algo terrible sucediera.
Sino porque algo importante nunca sucedió.
No hubo reconocimiento.
No hubo validación.
No hubo presencia.
No hubo alguien que nos ayudara a sentirnos vistos.
Y esa ausencia también deja marcas.
Los subtítulos que le ponemos a nuestra historia

Imagina que tu vida fuera una película.
Los hechos ya ocurrieron.
Las escenas están grabadas.
No podemos volver atrás para cambiarlas.
Pero sí podemos revisar los subtítulos que les hemos puesto.
Quizá una escena dice:
“Mi mamá nunca me quiso.”
Otra dice:
“Siempre fui menos importante.”
Otra más:
“No fui suficiente para que me eligieran.”
Y durante años vivimos reaccionando a esos subtítulos como si fueran la verdad absoluta.
La terapia muchas veces consiste en detener la película y preguntarnos:
¿Existe otra forma de leer esta escena?
No para negar lo que pasó.
Sino para ampliar la mirada.
Porque una misma experiencia puede ser interpretada desde el abandono o desde el aprendizaje.
Desde la carencia o desde la fortaleza desarrollada.
Desde la víctima o desde la protagonista.
Amor fati: amar la vida que fue

Existe un concepto filosófico que me parece profundamente terapéutico.
Se llama Amor Fati.
La expresión fue desarrollada especialmente por Friedrich Nietzsche y significa literalmente “amor al destino”.
No se refiere a resignarse.
No significa conformarse.
Mucho menos implica justificar el sufrimiento.
Significa llegar a un punto donde podemos decir:
“No habría elegido muchos de los momentos que viví. Pero puedo reconocer que también me hicieron ser quien soy.”
Nietzsche planteaba una pregunta inquietante.
Si tuvieras que vivir exactamente la misma vida una y otra vez, cada dolor, cada pérdida, cada alegría y cada fracaso, ¿podrías decir sí?
Es una pregunta incómoda.
Pero también profundamente reveladora.
Porque nos confronta con el grado de reconciliación que tenemos con nuestra propia historia.
Cuando dejamos de pelear con la realidad
Gran parte del sufrimiento humano surge de una lucha constante con lo que ya ocurrió.
Una parte de nosotros sigue intentando negociar con el pasado.
Sigue exigiendo que nuestros padres hubieran sido distintos.
Que nuestra infancia hubiera sido diferente.
Que las heridas nunca hubieran existido.
Pero la realidad tiene una característica incómoda:
No puede modificarse retroactivamente.
Lo que sí puede transformarse es nuestra relación con ella.
Los filósofos estoicos hablaban de aceptar aquello que está fuera de nuestro control para dirigir la energía hacia aquello que sí podemos transformar.
No porque sea fácil.
Sino porque pelear eternamente contra los hechos termina agotándonos.
Mirar a nuestros padres como seres humanos

Uno de los momentos más importantes en muchos procesos terapéuticos ocurre cuando dejamos de mirar a nuestros padres como héroes o villanos.
Y empezamos a verlos como seres humanos.
Personas limitadas.
Con heridas.
Con historias.
Con recursos insuficientes.
Con fortalezas y contradicciones.
La compasión no significa justificar.
Tampoco significa aprobar.
Significa comprender.
Podemos decir:
“No estoy de acuerdo con muchas cosas.”
Y al mismo tiempo:
“Entiendo que hicieron lo que pudieron con el nivel de conciencia, recursos y herramientas que tenían.”
Comprender no borra el dolor.
Pero suele disminuir la carga de resentimiento que hemos llevado durante años.
Recuperar el poder

Una paciente me dijo recientemente algo que resume gran parte de este proceso:
“Descubrí que había entregado mi poder.”
Primero a su madre.
Después a sus relaciones de pareja.
Después a cualquier persona cuya aprobación necesitaba para sentirse valiosa.
Y entonces apareció una comprensión diferente:
Mientras alguien tenga el poder de definir tu valor, también tendrá el poder de herirte.
Por eso sanar no consiste únicamente en entender el pasado.
Sanar implica recuperar la autoridad sobre nuestra propia vida.
Dejar de esperar que alguien nos dé aquello que no pudo darnos.
Y comenzar a construirlo dentro de nosotros.
Tal vez esa es la verdadera toma de la vida
Tomar la vida no significa estar de acuerdo con todo lo que ocurrió.
Significa decir sí a la realidad de que ocurrió.
Sí a la historia.
Sí a los padres que tuvimos.
Sí a las heridas.
Sí a los aprendizajes.
Sí a quienes somos hoy.
Porque quizá la libertad no aparece cuando logramos cambiar el pasado.
Quizá aparece cuando dejamos de pelear con él.
Y entonces, por primera vez, toda esa energía queda disponible para crear el futuro.
Te dejo una pregunta:
Si pudieras borrar los subtítulos que has puesto sobre tu historia y escribir unos nuevos, ¿cuáles elegirías para contar tu vida a partir de hoy?
Referencias recomendadas para respaldar el artículo
Friedrich Nietzsche — Conceptos de Amor Fati y Eterno Retorno.
Viktor Frankl — La búsqueda de significado frente al sufrimiento (El hombre en busca de sentido).
Gabor Maté — Definiciones contemporáneas de trauma y adaptación.
Peter Levine — Trauma y sistema nervioso.
Epicteto y Marco Aurelio — Aceptación de la realidad y responsabilidad personal.
El hombre en busca de sentido.
The Myth of Normal.
Waking the Tiger.





Comentarios