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Reivindicando la normalidad

La rebeldía de ser normal hoy en día.


Estaba viendo un video de cocina en YouTube —de esos que te aparecen solos, sin pedirlos— cuando algo en mí se detuvo. Una chef preparaba frutas. Sí, frutas. Pero no como las conocemos: las estaba construyendo. Tomaba pulpa real, la mezclaba con colorante, con moldes, y con un tercio de azúcar extra que nadie mencionó como advertencia, recreaba formas perfectas que cubría con chocolate coloreado para parecer, después de refrigerar, más frutas que la fruta misma. Todo en cámara rápida, todo con música acelerada, todo impecable.


Y yo ahí, mirando la pantalla, pensé: ¿qué estamos haciendo?

Tomamos algo real, lo procesamos, le quitamos lo que tiene de “raro”, lo que tiene de imperfecto, le añadimos lo que NO necesita y lo presentamos como si fuera la versión mejorada del original. Y luego nos preguntamos por qué nos sentimos tan raros dentro de nuestra propia vida.

Eso pasa con los cuerpos. Con las relaciones. Con la maternidad. Con el éxito. Incluso con el duelo —que ahora también tiene sus siete pasos y su proceso “correcto”. Todo tiene un molde. Todo tiene su versión acelerada y endulzada. Y a quienes no encajamos en él, nos dejan la sensación de que algo en nosotras está fallando.

No se si tu también te sientas así a veces…

Pero hoy quiero decir algo que ya no aguanto callar: estoy harta de que nos digan qué es normal.



Sin embargo vivimos toda una vida forzándonos a encajar en molde:

El de la buena madre/padre.

El de la mujer/ hombre empoderada/o.

El de la profesionista exitosa/o.

El molde de la pareja sana —donde, si tu o tu pareja cometen un error, ya tiene diagnóstico de relación tóxica.-

El molde del cuerpo correcto, de la casa bien decorada, del viaje documentado, de la sonrisa que nunca duda.

Y ahora también el molde de la persona que “trabaja en sí misma”.

Porque incluso el crecimiento personal tiene su estética de Instagram ¿No?: el diario de gratitud, la meditación de las 5am, el libro de autoayuda en la mano y la frase profunda en el caption con su respectivo CTA. Si no lo parece, no cuenta.

Hasta los diagnósticos se han convertido en identidad. Ahora es tendencia identificarse con la neurodivergencia, la hiperactividad, el déficit de atención —y ojo, no digo que no exista, digo que cuando todo el mundo tiene un diagnóstico que lo hace “diferente al estándar”, quizás el problema no es la gente. Quizás el estándar es el problema. Porque ser diferente no es una anomalía.

Ser diferente es lo más normal que hay!!!!


En un mundo que va en cámara rápida, ir despacio es un acto de rebeldía.

Mi rebeldía por ser “normal” no tiene bandera ni hashtag. Ya no busco lo “épico”, lo “wow”, lo “perfecto”…

Mi rebeldía es cocinar los macarrones más sabrosos del mundo —y los más feos en presentación, con toda la honra. Declaro haber comprado ese libro emocionada y dejarlo a medias porque me ganó otra cosa (y así tengo varios en la lista). Me encanta ir al gimnasio, pero es mentira que tenga ganas de ir todos los días. Tardo más de un año en terminar una serie porque le pongo pausa a cada momento para hacer cualquier otra cosa. Ya no espero el fin de semana para salir de “pachanga” sino para descansar y hacer un desayuno largo con sobremesa incluida.

Rebeldía por ser normal es aburrirme sin convertirlo en contenido. Es saber que ahora puedo tomar una siesta sin ese ruido sordo de la culpa diciendome “deberías de estar haciendo algo más…”. Es decir “no sé” sin disfrazarlo de humildad estratégica. Es dejar que una conversación incómoda sea incómoda, sin apresurarse a resolverla.

Ahora soy muy ordenada y mi casa sería digna de salir en una revista de decoración, pero cuando era adolescente no había un espacio libre en mi cuarto para encontrar un calcetín.

Unos días me miro al espejo y pienso que valió la pena todo el esfuerzo que he puesto por años en mi alimentación, ejercicio y cuidado, y otros soy mi crítica más feroz. Creo en mí como nadie, y muchas veces también dudo.

Ahora se que esas dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo y no se cancelan.


Lo esencial no siempre está en la cima. A veces florece en el llano, en lo sencillo, en el transcurrir ordinario de ser humana.

Tengo hijos. Y me aterra que crezcan creyendo que la vida se parece a lo que ven entre filtros. Que los cuerpos perfectos son reales / normales. Que los logros que no se documentan no cuentan. Que si tu relación tiene fricción, es tóxica. Que si no rindes al máximo, estás fallando.

Quiero que sepan que equivocarse es parte del proceso —no el obstáculo. Que la incomodidad no es señal de que algo está mal. Que no encajar en el molde no significa que estés rota/o . Significa que eres REAL!


No somos perfecta/os. Somos perfectibles toda nuestra existencia. Y eso es completamente distinto.

Así que esta carta es una declaración.

Un “ya basta” dicho con calma pero con firmeza.

Una invitación a que nos vacunemos —de a poco, de a diario— con una dosis de realidad. Con una dosis de normalidad. Que a nadie le hace daño y que a muchas de nosotra/os nos hacía falta desde hace rato.

¿Tú también lo sientes?

¿También estás harta/o del molde?

Escríbeme.

Necesito saber que no soy la única.


Con amor:



 
 
 

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