Lo que mis manos no dejaban de rascar (mi historia)
Actualizado: 31 ago
Me rascaba las palmas de las manos contra la alfombra.
No sé si alguna vez lo has hecho, pero cuando la comezón no cede con las uñas, el cuerpo busca cualquier superficie que raspe un poco más fuerte. Lo hacía también en las plantas de los pies. Y no importaba cuánto me rascara: la comezón seguía ahí, terca, como si viviera debajo de la piel y no en ella.
Al mismo tiempo tenía un cansancio que no se parecía a estar cansada. Y un dolor de cabeza nuevo, distinto a cualquiera que hubiera sentido antes — como si en el centro de mi cabeza hubiera una neblina que no me dejaba despertar del todo, ni siquiera después de haber dormido. Y yo tenía tres hijos muy chiquitos que dependían por completo de que yo sí despertara, de que hubiera desayuno y 3 lunch listos, de que alguien los llevara a la escuela y a sus clases de natación y para todo eso necesitaba una energía considerable día con día.

No fue un momento dramático. Fue una acumulación de síntomas que no cuadraban entre sí, en un cuerpo que se suponía debía seguir funcionando porque tres personas pequeñas dependían de que funcionara. Pero también era mis preguntas sin resolver: ¿A dónde se fue mi energía? ¿porque estoy subiendo de peso si estoy haciendo todo bien: comida saludable y ejercicio? ¿porque me está pasando esto a mi? ¿Me voy a sentir así toda mi vida? ¿Cómo voy a lograr cumplir conmigo y con mis hijos si siento que a mitad del día ya me tengo que arrastrar al auto para recogerlos de la escuela?
El camino que ya conocía
Crecí con padres médicos. Para mí, ante un síntoma físico, siempre hubo un solo camino: ir al especialista. Así que fui. Me atendi, porque yo no estaba entendiendo nada. Después de varios estudios de sangre, un internista me dio un nombre para lo que me pasaba: "Hipotiroidismo de Hashimoto."
En ese momento yo sabía dos cosas, y ninguna me sirvió de mucho. La primera: que el hipotiroidismo era algo que mi mamá tenía, y antes que ella, mi abuela. La segunda —y esto te lo cuento porque fue real, no porque sea una anécdota bonita— es que pensé que Hashimoto era algún tipo de virus japonés que se me iba a quitar solo con el tiempo.
No se me quitó solo.
El médico me explicó que era una enfermedad autoinmune: mi propio cuerpo atacando a mi tiroides, y que era algo permanente y crónico. Y ahí empezó la pregunta que en ese momento no supe hacerme todavía con claridad: ¿por qué mi cuerpo haría eso?
Una herencia o una pregunta sin responder
Salí de ese consultorio con los ánimos por el piso. Había una tristeza concreta en saber que algo andaba mal dentro de mí, y una sospecha más incómoda todavía: que quizás esto era simplemente lo que tocaba, una repetición familiar de la que no podía salir. Mi mamá, mi abuela, y ahora yo.
Pero algo en mí se resistió a quedarse ahí. Quise creer que no era una víctima de las repeticiones de mi familia, que había algo que sí podía hacer. Empecé por lo obvio: investigué sobre alimentación, cambié la forma en que comía. Ayudó, pero no fue suficiente. Sentía que había algo más, una pieza que todavía no tenía nombre.
Fue buscando esa pieza , entre mucha otras que me ayudaron en el camino, que encontré la biodescodificación.
Para pensar: ¿alguna vez has sentido que un síntoma, un patrón o una crisis te obligó a hacerte una pregunta que llevabas años evitando?
La puerta que se abrió.
No la encontré buscando una filosofía de vida.
La encontré buscando una solución a mi tiroides.
Pero lo que se abrió fue mucho más grande que eso: un entendimiento de la coherencia del cuerpo, de que la biología —incluso en lo que llamamos enfermedad— tiene una lógica, un sentido, algo que no es azar ni castigo.
Ryke Geerd Hamer fue quien primero documentó esta correlación entre conflictos biológicos y síntomas específicos, y Christian Flèche fue quien más tarde le dio el nombre con el que hoy se conoce: biodescodificación. Cuando entendí cuál era mi propio conflicto biológico, entendí también qué necesitaba cambiar en mi vida.
No fue instantáneo ni mágico.
Fue, por primera vez, coherente.
Empecé a estudiarla en serio. Y como pasa cuando algo te transforma, quise compartirla con las personas más cercanas — parte de mi familia, quienes tenían algún síntoma donde pudiera ofrecerles esa misma conciencia.

Para algunas personas fue útil. Para otras, no tanto, y está bien: cada quien elige su camino, y el camino tradicional también es un camino válido.
Yo seguía estudiando. Pasando certificaciones, cursos y especializaciones. Y hubo un momento específico — un momento ordinario en clase, viendo a mi propia maestra Angeles Wolder al frente del grupo — en el que entendí algo que no esperaba entender ahí: que no solo quería sanarme a mí. Quería dedicar mi vida a esto. Y sabía, con una claridad, que algún día yo también quería estar al frente de un grupo, compartiendo lo que había encontrado.
Pocos años después de graduarme empecé a trabajar como docente en el Instituto Ángeles Wolder, formando nuevos terapeutas en biodescodificación — algo que sigo haciendo hoy, doce años después.
Y llevo, con mucho orgullo, acompañando a mi maestra Ángeles Wolder en eventos alrededor del mundo para difundir este trabajo — desde nuestro retiro de 2024, hasta eventos en Miami, Ciudad de México y otras partes del país.
El año en que todo se puso a prueba
Pero quiero contarte algo que casi nunca cuento con esta claridad: cuando recién me gradué, atravesé también un divorcio. Y una de mis mayores preocupaciones no era abstracta — era muy concreta: ¿cómo iba a sostener a mis tres hijos? ¿Cómo iba a afrontar esa situación con ellos emocionalmente, y con qué herramientas los iba a poder acompañar en lo que, hasta ese momento, era el proceso más complicado de nuestras vidas juntos?
Ahí fue donde todo lo que había estudiado dejó de ser teoría. Lo transgeneracional —entender los patrones, los programas, las lealtades familiares que se dictan desde la concepción como el verdadero origen de muchos de nuestros comportamientos— se convirtió en la herramienta concreta con la que pude acompañarme a misma y a mis hijos en ese momento.
No como terapeuta que sabe. Como mamá que necesitaba saber. Como mujer que necesitaba re-encontrar su centro.
Lo que nadie pregunta y yo sí voy a contestar
Mucha gente me pregunta si yo tomo terapia. O incluso si yo tengo problemas emocionales con tantas herramientas que ya estudié.
Claro que los tengo, como cualquier ser humano.
Muchas veces sé exactamente lo que tengo que hacer y aun así me cuesta trabajo accionarlo. Soy procrastinadora. Vivo la dispersión — hasta hace poco la consideraba casi un rasgo fijo de mi personalidad, y ahora estoy aprendiendo nuevas herramientas para tener más enfoque. Sigo muy pendiente de mi tiroides, haciendo mis estudios, aprendiendo a leer a mi cuerpo, porque leerlo no es algo que se termine una vez.

No soy perfecta. Y saber que la terapia existe —que puedo sentirme acompañada en mis propios procesos, de la misma forma en que acompaño los de mis pacientes— me da una tranquilidad que no cambiaría por nada.
Una vez le pregunté a mi propio terapeuta: “¿cómo le hace la gente que no va a terapia?” Y él me contestó algo que no se me ha olvidado: “Leslie, sobreviven.”
Hoy puedo sostener lo que hago porque lo he vivido en mí, no solo porque lo estudié. He visto cómo los mismos recursos que uso en consulta con mis pacientes son los que a mí me han sostenido en momentos que no pude prever.
Desde la biodescodificación, hablamos de que solemos entrar en lo que llamamos enfermedad cuando atravesamos un bioshock: un evento vivido como traumático, inesperado, sin solución y sin posibilidad de expresión en el momento en que ocurre. En terapia, buena parte del trabajo consiste justo en eso: en encontrar, después, la expresión que no pudimos darle entonces. No porque la mente nos mienta a propósito, sino porque a veces las historias que recordamos no son exactamente como sucedieron — y tenemos el poder de resignificarlas.
Lo único que no podemos cambiar es lo inesperado. La vida sigue trayendo lo que no anticipamos, sin importar cuánto nos conozcamos. Lo que sí podemos cambiar es qué hacemos con eso: qué nuevos recursos encontramos, qué parte de la historia nos permitimos entender distinto.
Volviendo a la comezón
Han pasado muchos años desde esas manos que se rascaban contra la alfombra sin encontrar alivio.
Y ahora entiendo algo que entonces no podía ver: la comezón no pedía que la rascara más fuerte. Pedía que la escuchara distinto.
¿Hay algo en tu cuerpo, ahora mismo, que llevas tiempo tratando de calmar por fuera — y que quizás te está pidiendo otra cosa?
Si algo de esta historia te resonó, no tienes que atravesarlo en soledad. Escríbeme y conversemos sobre cómo empezar.
Con cariño,

Terapeuta Holística · Biodescodificadora






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